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Amor y Adicción

Creado el lunes 4 de mayo de 2026 Por Gabriel Hernández García

Podría plantearse una cierta continuidad entre las relaciones de amor y adicción, continuidad que permite no confundirlas (no hay adicción al amor, hay adicción al goce) y situar a la segunda como una posible derivación de la primera. En dos de las más importantes novelas de amor de la historia de la literatura encontramos en el protagonista trastornos que tienen que ver con una adicción, trastornos en los que a veces no reparamos porque se trata, precisamente, de novelas de amor, no de adicción, y ese tema mayor y central del relato suele oscurecer a ese otro en el que, sin embargo, concluye la historia de amor. Me refiero a Ana Karenina y a Madame Bovary. Cuando la relación amorosa parece haber alcanzado un punto de equilibrio y seguridad respecto a los diferentes avatares externos que la amenazaban, Ana Karenina desarrolla una adicción a la morfina y Madame Bovary lo que hoy llamaríamos una adicción a las compras. En ambos casos, casi de rondón, entra en la relación amorosa un objeto que no estaba al principio, pero que termina volviéndose imprescindible para que la heroína pueda seguir sosteniéndose allí. Madame Bovary tuvo dos amantes. Es durante la relación con el segundo de ellos cuando desarrolla una adicción a las compras. El incremento del gasto va siendo proporcional a la bajada de su interés amoroso por ese amante – tampoco con el primero de ellos este interés inicial había durado demasiado. Pero en lugar de cortar con una relación que ya no la satisface, se empeña en mantenerla con artificios, compra vestidos, hace regalos a su amante, adquiere toda clase de objetos para decorar la habitación donde se cita con él, celebra fiestas etc, en un intento casi desesperado de adornar y ponerle buena cara a una relación que ya había caducado y habría que haber dado por concluida. Cuanto más fea se le vuelve, más dinero necesita gastar en embellecerla. El patrimonio familiar no aguantó demasiado tiempo el ritmo del gasto y, al final, llegó la ruina. Es entonces cuando ella se suicida. La relación con el marido es de odio manifiesto, ya que Charles Bovary no la quería como ella quería ser querida. Sin embargo, es él el que paga todas sus facturas. Asimismo, a este segundo amante llega incluso a pedirle que haga un desfalco en la notaria en la que trabajaba para poder hacer frente a alguno de los pagarés que ya había firmado. Cuando él se niega, su respuesta es que no la quiere lo suficiente: ni a éste ni al marido ella les hacía suficiente falta. Tanto en Madame Bovary como en Ana Karenina la adicción tiene en principio que ver con un hacer semblante. Madame Bovary intenta maquillar la palidez de su relación amorosa y Ana Karenina, entre otros motivos, también utilizará la morfina para presentarse con mejor cara y mejor ánimo ante su amante. Empezó tomándola sólo para poder dormir, pero su dependencia se va haciendo progresiva y al final la toma porque sin ella, dice, no podría funcionar normalmente. Ana había dejado a su marido, sin pedirle el divorcio, para irse a vivir con su amante, Vronsky, a una de aquellas fincas-palacio que tenían los terratenientes rusos. La pareja ya había tenido una hija. Vronsky quería legalizar su relación con Ana, casarse con ella, poder reconocer a su hija e, incluso, tener más hijos. Pero todo pasaba por el hecho de que ella pidiese el divorcio a su marido, algo que no estaba dispuesta a intentar. No era exactamente una esposa lo que ella quería ser para Vrosky ni tampoco que él fuese un padre para su hija: Vronsky era su amante, y esto es lo único que estaba dispuesta a reconocer en él. Este tema provocaba fuertes discusiones entre ellos, hasta el punto de que Vronsky pidio ayuda a la mejor amiga de Ana para que intentase convencerla de que pidiese el divorcio. La explicación que da a esta amiga es clarificadora: “yo soy para él mucho más que su esposa, soy su esclava, para qué quiere que sea su esposa”. Ana prefiere colocarse como simple objeto de goce, posición al parecer menos insoportable para ella que aquella otra del sujeto que ha de hacer elecciones y responsabilizarse de su vida pasada y futura. Es en este momento cuando Ana empieza a tomar morfina para poder dormir y reducir su estado de ansiedad. Vronsky pide un cambio en el formato amoroso, empezar a ser el uno para el otro algo distinto a lo que habían sido hasta ese momento. Es allí donde la palabra no funciona para establecer un nuevo pacto y dar lo pasado por perdido, donde empieza a tomar cuerpo la adicción. Hay que decir que a Mme Bovary le pasó algo parecido; tampoco ella pudo hablar con su marido. Cuando los prestamistas la acosan para que pague sus deudas inicia un peregrinaje en busca de ayuda. Todas las puertas se le cierran por dentro. La de su marido hacía tiempo que ella misma la había cerrado por fuera y ni siquiera se le ocurrió intentar abrirla antes de suicidarse. Ambas heroínas son incapaces de tomar una decisión que desactive el proceso que las lleva irremediablemente a precipitarse en el vacío. Ana solamente podría haber hablado con su marido por amor, si no por amor a él, al que despreciaba profundamente, sí por amor a Vronsky, la persona de la que se suponía que estaba enamorada y que era la que se lo estaba pidiendo. Esa otra relación aparece en un segundo plano, como telón de fondo de la relación con el amante, un fondo al que ella no quiere mirar ni dirigir su palabra, pero que es el lugar del que parte su adicción. Vronsky no quería que Ana fuese su esclava, sino su mujer. Le pide que lleve hasta su marido esta demanda de amor, pero ella se niega a ser portadora de la misma haciéndola llegar a su destino. La adicción sería lo que retorna de la palabra de amor que no llegó donde se la esperaba, lo que retorna de aquella a-dicción. De estas heroínas del amor podemos aprender que cuando el objeto de amor cumple su recorrido, si no se deja caer, puede reconvertirse en objeto de adicción. Se podría decir que una adicción es un agujero por el que se van tirando cosas. Tiene que ver fundamentalmente con el hecho de desprenderse de algo, de perderlo. Este agujero puede ser la boca, la nariz, la vena, o la ranura de una máquina tragaperras. En un principio su mecanismo puede ser de apertura o cierre, pero cuando llega la adicción es porque el sistema de cierre se ha averiado y el agujero permanece continuamente abierto. El caso de las máquinas tragaperras es muy gráfico. Normalmente lo que se empieza echando a la máquina es lo que sobra después de haber pagado la consumición. Lo habitual es que se juegue lo que sobra hasta que se pierde. Y esto marca un primer límite; perdido lo sobrante el agujero de la máquina se cierra para el jugador. Pero perder lo que a uno le sobra no es una verdadera pérdida. La verdadera pérdida tiene que ver con el dinero que falta, no con el que sobra, con el dinero que hace falta para comer, vestir, viajar etc; el que sobra no hace ninguna falta. La lógica de la adicción continúa hasta otro nivel. Ya no se trata de tirar lo que sobra, sino lo que hace falta. Y en este sentido podríamos decir que la adicción es, en última instancia, adicción a la falta, a lo único que no es posible consumir. En estos casos el límite sólo puede venir del otro. Como veíamos en el ejemplo de las heroínas literarias, es otro el que termina pagando las facturas de la adicción. Pero ese otro sólo puede funcionar como límite si es capaz de dar algo de naturaleza diferente a la del objeto adictivo. Mientras tanto la función de dicho objeto será dar lugar a la falta que no es capaz de producir en el sujeto el deseo del Otro.

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